Se dice que la vergüenza “es un medio de elevación espiritual y una guía de conducta”, que “contribuye al autocontrol, tan necesario para la convivencia”.
Pero no se puede convivir con la vergüenza. Culpa, vergüenza. Es lo que siento yo todas las mañanas, cuando suena el despertador, cuando me miro al espejo antes de entrar a la ducha, cuando mi mujer me sirve el café, cuando me despido rumbo a la oficina.
Humillante es el hecho de entrar a ese edificio, siento que hasta el de seguridad me ojea con desaprobación.
Humillación, vergüenza, culpa.
Y resulta todo una gran ironía. Fue por sinvergüenza que pasó lo que pasó. Es por sinvergüenza que siento culpa cuando mis hijos me miran a los ojos, o peor… cuando Laura me mira a los ojos entre los pasillos de la empresa.
Tengo la mirada vacía, en cualquier momento me echan a patadas de esta firma.
Evito a mi familia lo más que puedo, trato de llegar tarde y los fin de semana inventarme una reunión. Atraigo más problemas por esta cobardía. Mi mujer sospecha de mi repentina carga laboral, los reproches no son oportunos y sus dudas me desbaratan por completo. Cobardía, humillación, vergüenza, y culpa. Tampoco es justo para mis hijos, merecen que pase más tiempo con ellos, volver a llevar a Mati a la cancha, llevar al cine a Clara, pero… no merecen un padre sinvergüenza y cobarde.
No puedo evitar que se me erize la piel al escuchar sus quejas y lamentos porque “papi pasa mucho tiempo trabajando”, y ver como Marcela no se le ocurre que más decirles… es toda una escena dolorosa y avergonzante.
Soy un padre ausente, por ser un marido infiel, por culpa de ser un hombre cobarde. Todo un infeliz, ¿no?
A esto debemos sumarle una suegra que me conoce de pies a cabezas, y que por esa misma razón me enferma. Cada vez pasa más tiempo en casa, ¿y por qué? Porque soy un padre y marido ausente, y mi mujer con todo sola no puede.
Entonces, resumimos que no soporto a mi suegra, que vive en mi casa prácticamente. Pero vive en mi casa porque soy un padre ausente, por ser un marido infiel, por culpa de ser un hombre cobarde.
Mis únicas compañías hoy por hoy son la vergüenza y la culpa.
Increíblemente la vergüenza actúa desde afuera, desde el otro. Se posa en la mirada y voz de todos mis conocidos, y me llena de acusaciones que sólo yo logro ver.
La culpa es peor, me carcome desde adentro, me deja ver lo miserable de mi ser y me tortura con eso. Me repite imágenes y palabras que comen mi cabeza y aturden mi lucidez.
Bueno, también esta Laura. Si me cansó de hacer tiempo dando vueltas con el coche, sé que sus puertas estarán abiertas y sus sábanas listas para desarmar. ¡Que espanto!
Me horroriza ver cómo juego con esa chiquilla, ella tan frágil como endemoniada, tan hermosa como vulgar. Ella que me promete el cielo, y me condena al infierno.
Ella, la otra. La típica otra de las películas: diez años menos, un cuerpo de revista, una pasión infrenable y un vértigo inaplazable. Laura, la que durante las mañanas es mi recepcionista, y por las noches se hace mi esclavista.
La otra. Infidelidad, cobardía, humillación, vergüenza y culpa. En orden cronológico lo organizaríamos distinto.
Porque claro, el CAOS TIENE UN ORDEN INQUEBRANTABLE. Mi caos sería más o menos así: Cobardía, Infidelidad, Culpa, Humillación y Vergüenza. A las dos últimas las pondría en el mismo eslabón de esta maldita cadena.
Marcela y yo no estábamos bien. Quince años juntos, dos hijos, problemas de dinero, y poca química. Lo normal en el común de las parejas. Las discusiones eran cada vez más fuertes, sacaban lo peor de nosotros. Tanta violencia verbal, que tarde o temprano alguno de los dos rompía en llanto, o peor, los niños quedaban expuestos y angustiados.
La familia se desmoronaba, ni los niños ni nosotros éramos felices.
Aquí llega la cobardía, y con ella la infidelidad, Laura. Necesitaba escapar, salir de ese encierro. Poco tiempo pasó para que mi tristeza se haga notoria. Y algo más para que Laura ofrezca su consuelo en un café… y un poquito más para terminar en su cama.
Estaba enfermo por Laura, me volví a sentir hombre, apasionado y podía sentir el calor de las venas fluyendo en mí.
Duro poco más de un mes, hasta que la chiquilla fuertemente confundida, confesara su “amor” hacía a mí.
Y con este “amor” cayeron las rendiciones de cuenta. Porque claro, Laura no es ninguna boluda, ni quiere ser la segunda de nadie. Tiene muy en claro que ella no está para eso.
Rápidamente llegó el pedido de que me divorciara y viviera una vida llena de pasión con ella, que, según Laura eso acarrearía la feclidad.
Con este planteo llegó la culpa. El ajuste de cuentas dentro mío mehizo notar la estupidez que estaba siendo todo eso. Tenía dos hijos y una maravillosa esposa que había soportado mucho este último tiempo por mí…
No podía estar haciéndoles esto, era una inmadurez. Obviamente, Laura no me iba a dejar ir así como así.
Las obsesiones pueden llegar muy lejos, y la de Laura había cruzado el mundo entero. Los llamados en mitad de la noche, los mails, las cartas que me mandaba en plena reunión de trabajo…
Comencé a perder la cordura. La humillación llegaba con cada persona en la oficina que se enteraba de lo nuestro. “Y pensar que era un abogado ilustre, casado, dos hijos… son todos iguales”. La vergüenza se cobró lo suyo, como ya expliqué.
Esta fue una breve y pobre presentación de un hombre, con pocas ideas y una personalidad pobre. Es la despedida, es el adiós, el verdadero adiós, ningún hasta luego esta vez.
“Quién muere por amor es un iluso” solía decirme Marcela cuando todavía la juventud nos revoloteaba en la mirada. Laura, me decía que “No hay pena más hermosa que la pena provocada por el amor”
Yo muero por amor, muero por el amor que le tuve a mi pasión. A mis sueños empañados de intentar ser un tipo mejor. Lo intenté, juro que así lo hice… pero las cosas no salieron como se planearon. Muero por el amor que le tengo a la libertad, muero porque aborrezco las estructuras.
Me he levantado un día por la mañana, ví a mi mujer adormecida por las pastillas tranquilizantes, y vi a las dos creaturas más hermosas que pasaron por esta tierra descansar. Muero por ellos, muero por el amor que no están recibiendo, por el amor que están entregándome y no estoy dispuesto a devolver.
Hoy, con el viento en popa y el mar enojado por semejante acto de cobardía, me largo de aquí.
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