Perseguir las estrellas. No acabar como un pez en una pecera.

sábado, julio 9

Cada paso en tierra te va a marcar. Hola Miedo, nos encontramos otra vez.

‎"¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención?"

Hubo una noche en la que estuve perdida. En realidad, hubo muchas noches. Pero sólo una fue realmente significativa.
Son esos escasos y extraños momentos donde todo está alineado. Las palabras de aquel hombre, la verdad de aquella canción. La luna maravillaba todo a su paso, y comprendí la mirada. La tierra me abrazaba, y en el alba me reinventaba.
La ventana tenía una ubicación realmente incómoda. Me encontraba recostada sobre mi gran cama para dos. Pero yo era uno sola. Estaba visualizando por la ventana un cielo tan celeste que abrumaba, acompañado por unas pocas nubes.
La habitación era de paredes tan blancas, que el rol de iluminar mi ventana lo cumplía eficientemente.Cuando estaba reposada, vagando en pensamientos sobre la ubicación de la ventana y la incomodidad, noté que no estaba sola. Observé todo el cuarto y a simple vista, por razones obvias, no logré verlo.
Revolví todas las sábanas, sabía que estaba ahí. Saqué todos los cajones de mi alta mesa de luz. Desbaraté los cinco cajones, de los tres últimos revoleé zapatos, zapatillas y alpargatas. De los dos primeros saqué pinturas, alhajas, dinero, libros, cuadernos…y nada.
La ansiedad me llevo a hurgar en la biblioteca, rápidamente hice volar los cientos de revistas, libros y películas que allí reposan… y nada.
Bajé raudamente las escaleras, saltando los últimos dos escalones. En tres pasos llegué a la cocina, para mi fortuna, diminuta.
Me tiré sobre el piso de cerámica negro. Abrí todas las alacenas inferiores, sacando ollas, sartenes, fideos, bols, recipientes de todo tipo, color y tamaño. Seguí por los cajones de donde saque trapos, bolsas de consorcio, utensillos de cocina…en vano. Otra vez, nada. Hurgué por la mesada echando al piso la frutera, la panera, el microondas, los cubiertos que estaban allí secándose.
Comencé mi búsqueda en las alacenas superiores, ese color madera empezaba a desquiciarme.
Salieron fuera vasos, vasijas, platos, y otros recipientes de cerámica. Todos hechos añicos sobre el piso negro. Luego, saqué recipientes con yerba, cacao, azúcar, café y demás cosas, pero sin respuesta. Lo oía reírse a mis espaldas...
El único lugar que quedaba era la heladera, pero sabía bien que él no entraría allí. No puede soportar el frío.
Me desplacé instantáneamente al living.
Fui directo al sillón, saqué sus seis almohadones…y nada. Removí la gris alfombra, no encontré respuesta.
Fui hacía la mesita del teléfono, abrí su único cajón y lo lancé directo al piso. Otra vez… no había respuesta. El gran mueble que descansaba en la pared prometía un reto mayor.
En primer lugar abrí la compuerta derecha, algunas vasijas, chucherías, nada. La risa era cada vez más fuerte. El estante que lo separaba de otros dos cajones, tampoco me entregó algo.Los dos cajones inferiores, ni hablar, solo manteles y servilletas.
Las compuertas del medio del mueble me regalaron kilos de polvo, acumulados entre tantas películas y juegos de mesa.La puerta superior izquierda, solo copas de cristal, que tuvieron el mismo destino que las de la cocina, el suelo. La última compuerta que faltaba abrir solo trajo como resultado más cristales rotos.
Reía, y reía. Tuvo el descaro de acariciarme la nuca, no había tacto como el de él.
En mi furia de no haber encontrado nada, arranqué las blancas cortinas que flotaban sobre la ventana. Y con la resignación de haber sido engañado otra vez por el, destrocé el juego de mesas y sillas.

Una vez más, mi casa no sobrevivió su visita. Ahora comparto los días, lo escucho constantemente correr por las paredes.

Y espero... espero el signo que me permita largarlo a la calle otra vez.

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