Un andén desierto, ella que espera. Tan sólo dos atados de cigarrillos y una valija de cuero pequeña. Lleva más de media hora esperando, cuando él arriba al andén.
Están ellos dos solos. El con cierto aire de arlequín, una sonrisa y un saxo al hombro. Ella, intenta no mirarlo.
-¿Hace mucho esperas?- pregunta el joven, y le hace señas para que le pase el encendedor.
-Lo suficiente como para querer irme caminando.
-¿Hacia dónde vas?
-No lo sé, sólo me voy.
-Que bueno, yo dije lo mismo cuando me fui.
-¿Y cómo es?
-¿Qué?
-Irse.
-Ah…no lo sé. Yo dije que me iba cuando me fui. Pero en realidad, siempre estuve llegando.
Ella río, río muy fuerte. Se encontró, por un segundo, aliviada con el sonido de su risa.
Entonces se asustó.
Él, no dijo nada por un rato. Siguieron los dos, en silencio, esperando el tren.
Ella comenzó a impacientarse, quería hablar con él, pero no sabía bien que decirle.
Sólo quería hablarle, intercambiar palabras. ¿Por qué viajaba?
No quería arruinarlo, creía que dijera lo que dijera no podía hacer brotar de aquel hombre una conversación interesante.
-¿Qué problema hay con la luna?
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