Perseguir las estrellas. No acabar como un pez en una pecera.

viernes, julio 2


Podría haber sido un viejo café de la mítica San Telmo, podría haber sido en La Habana, en Cuzco, o en Valparaíso.

Él estaba allí. Y yo también. Los primeros instantes, se encontraba sentado plácidamente en la otra punta del café. El humo de su pipa lo abrazaba y le organizaba un escudo invisible para el ojo de todos, menos para mí. Tenía en la frente líneas que solo se marcaban cuando se reía con intensidad, y que señalaban cuánto sudor había pasado por esa frente… tantos kilómetros, tantas veces. Tenía el anotador entre sus manos, lo miraba de reojo mientras jugaba con su pipa y esas palabras de autonomía.

Intenté disimular mi interés creo que no lo hice bien. Posó su mirada en mí, e instantáneamente, con un reflejo de niña, miré hacia el otro lado… hacía la ventana. Aunque claro… no había imagen para ver.

Su sonrisa era enorme y seguía siendo sincera… la podía sentir.

Vencí mi miedo y miré hacía su mesa otra vez, ahora tenías una mirada profunda, pensativa y me atrevería a decir ausente. Habías envejecido, tenías tu cabellera gris, ya no había humo abrazándote, pero el anotador y el lápiz seguían allí… como siempre como nunca.

Al posar tu mirada en mis ojos cambiaste la escenografía de la obra de hoy. No estábamos en Buenos Aires, tampoco en La Habana, Madrid, o Santiago… Ya no estábamos. No éramos parte de nada, y habíamos sido todo.

Habías bajado los brazos, y tenías la posición de quién no quiere más. Los hombros y la cabeza caídos, la mirada perdida en el suelo. Levantaste tu mirada una vez más, y volviste a cambiar la escena.

Nos encontrábamos en Bolivia. Tenías el aspecto marchito.

El pelo sucio, largo y eternamente desprolijo. La barba crecida, tenías sed y tenías hambre. El corazón confuso y la mirada enojada.

La tierra roja te sostenía, te encontrabas de pie… manos y brazos atados. Yo estaba acurrucada en un rincón de aquella desolada choza, asustada, mirando sin ver, entendiendo sin realmente comprender. Tenías frío. Lo sabía, aunque afuera el clima era el mismo infierno. Pero tú tenías frío.

Cuando ingresó el policía, o el militar, o el gendarme, o el bueno para nada aquel, te erguiste. Plantaste los pies sobre la tierra, firme, firme más que nunca. Me miraste una vez más, y sonreíste, pero solo con los ojos. El idiota aquel no merecía ni una muestra de lo que podías llegar a sentir.

El gallo iba a dejar de cantar, y yo cerré fuertemente los ojos.

Al abrirlos, me encontraba en ese ambiente con aire a café otra vez. Te vi recostado sobre tu silla, con tu pipa, pero ya no largaba humo.

Un gran viento azotó el lugar, y las puertas y ventanas se abrieron de par en par llevándose la poca brisa de calma que existía, cargando todo con un viento de redención. Te asustaste, pero era tarde. Mira hasta dónde has llegado por soñar un mundo mejor.

Te quisiste levantar de tu silla, pero un viento te ato por el cuello, quedaste inmóvil. Mis impulsos por salir a liberarte eran enormes, pero a mí también algo me ataba a la silla.

Era simple, un humo de sociedad, capitalismo e imperio nos ataba a lo peor de nosotros, nuestra cobardía.

Al visualizar a través de una ventana inexistente pude verlo todo. Las ruinas de nuestra civilización prendidas fuego, ahora había cruces de salvación falsa y grandes centros comerciales. No había montañas, sólo edificios para los menos. No teníamos donde ir. Casi no quedaban gotas en los ríos, y ya comenzaban a vender el aire puro…. No había donde ir, veía a mis hermanos caminar por desiertos de una extensión eterna, de lo que fue su tierra, su vida, su amor, su gloria.

Pude ver como cerraste los ojos, y en mi cabeza resonaron tus palabras.

Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor…”

No hay comentarios:

Publicar un comentario