
Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht). Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad. ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes. (Milan Kundera – La insoportable levedad del Ser.)
Cortázar en una entrevista dijo que el descubrió que todo era relativo, que todo era precario, que había que vivir en un mundo que no era ese mundo de total confianza y de inocencia en el momento que su madre desconfió de que él era, apenas un niño, quién escribía esos excelentes poemas.
Yo también descubrí ese aspecto del mundo real de pequeña. Hubo preguntas que ningún adulto me pudo responder.
¿Quiénes somos? ¿Cómo llegamos al Universo? ¿Por qué se creó el Universo? ¿Por qué morimos? ¿Qué somos?
Típicas preguntas de niños dirán… y sí, son preguntas de niños. Pero, es notorio cómo ningún padre, abuelo, tío puede responder a esa pregunta.
Es simple. Cuando somos niños, y nadie nos da una respuesta que nos dé satisfacción, lentamente las olvidamos. Ya de adolescentes, quizás y sólo si quizás, nos lo volvemos a preguntar. Pero ahora somos nosotros los que nos reímos de nuestras propias preguntas, para qué andar preguntándose eso, ¿si nadie encontró la respuesta por qué lo voy a hacer yo?
De adultos, entonces, nos olvidamos. Ponemos en un cajón viejo que no vemos (si es que no lo destruimos antes) las preguntas a las que nunca le encontramos respuesta, no queremos que salgan a flote otra vez e interrumpan nuestra conciencia cotidiana y tranquila. Encontramos a un hombre, o una mujer, que más o menos cumplió con los requisitos que esperábamos; nos enamoramos, nos mudamos juntos, nos casamos, nos amamos. ¿Realmente nos amamos? Bah, qué más da, es la madre de mis hijos. Y nos vamos de casa a las ocho y media de la mañana, agarramos la Gral. Paz, y que tránsito que hay siempre en esta ciudad.
Y así se nos van los días, en una de esa si perseveramos y adulamos a quiénes debemos nos volvemos gerentes.
¿Y nuestros hijos? ¿Qué hacemos cuando nuestros hijos llegan con las mismas preguntas que nosotros tuvimos de niños? Le regalamos la mejor sonrisa, igualita-igualita a la que nos pusieron nuestros padres cuando le pedimos que nos explique el Universo. El niño se olvida, juega a otra cosa. Ya se le pasa. Y el niño crece, y quizás tengo suerte, me sale normalito y jamás se vuelve a preguntar esas cosas. Y luego estudia, encuentra una buena mujer y la raza humana sigue procreándose. Cumpliendo este ciclo evolutivo que tan cómodamente hemos dejado que nos impongan: nacemos, nos procreamos, le dejamos la tercera parte de nuestra vida al desconocido que maneja cientos de cubículos de oficina, y luego morimos. Si fuimos buenos, pudimos hacer un par de negocios, y entre eso y la jubilación nos la aguantamos bien.
Y así, las preguntas existencialistas que tuvimos de niños caen a un pozo de olvido constante. Mero círculo vicioso el nuestro.
Ahora bien, qué pasa con aquellos que de niños quedaron impresionados porque los adultos (la mayor fuente de saber que percibimos a esa edad) no nos pueden responder Qué somos, para qué vinimos, o Porqué amamos.
¿Qué pasa con aquellos que no nos conformamos con la sonrisita complaciente de “ya se te va a pasar”?
¿Qué hacemos los que creemos que hay algo más, que tiene que haber otro sentido a esto, que la Vida no puede ser una mera suma de días y nada más?
¿Cómo hago para encontrar a una, solo una persona, que tenga las mismas ganas de explorar esta ternura que llevo dentro?
Y ahora qué hago yo que, al igual que Julio Cortázar, descubrí que todo era relativo, que todo era precario, que había que vivir en un mundo que no era ese mundo de total confianza y de inocencia que me habían vendido los cuentos infantiles…
Qué hago.
Qué hago.
Qué hago
Qué hag
Qué ha
Qué h
Qué
Como dijo una vez John, la vida es aquello que sucede mientras estás empeñado en otras cosas. Está bueno volver a esos pliegues vacíos, que en el recuerdo han quedado, para poder abrazarnos con más sinceridad.
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