Siempre los amores malditos, aquellos tormentosos, sinuosos, con rutas impredecibles... fueron los que más me gustaron. Desconozco el motivo, yo nunca me caractericé por tener relaciones malditas, aunque yo si lo este.
“Hasta que la cabeza lo permita, el cuerpo no importa”
― Siempre nos decíamos eso. ― Joaquín tenía la mirada perdida mientras le respondía a los peritos en aquel cuarto de hospital.
Era una habitación blanca, fría, con una luz de tubo pálida y enfermiza. En la camilla, a su lado estaba Ella, con el ceño fruncido, los ojos cerrados y el semblante sereno.
― ¿El domingo sucedió? ―comenzó a interrogar el policía.
― No. No todos los días son iguales ― Joaquín estaba perturbado. Se encontraba en el hospital, pero no estaba allí.
― ¿Qué camino tomaron?
― No había un camino pactado, era todo improvisado.
Joaquín se encontraba corriendo por un extenso campo con matos muy crecidos, que dificultaban el movimiento de las piernas. No la podía ver, pero seguía el sonido de su risa. Ella reía fuertemente, siempre lo hacía, hasta en los momentos más siniestros, Ella reía.
― ¿Y viajaban solos? ― prosiguió el policía, un poco impaciente y asombrado por la actitud del chico
― ¿Con quién más íbamos a viajar? ―la miró a Ella y dijo:
―Me encantaría saber por qué no te gusta el ejercicio, pero te gusta tanto correr por un prado así, con estos matorrales y estas pequeñas flores, es infinito. ― Respondió el muchacho, que sentía como lograba atraparla y hacerla rodar por el campo, besándola, abrazándola y mirándola en forma cómplice.
― ¿A quién vieron? ― el policía comenzaba a perder la paciencia.
― No vimos a nadie. Nos vimos a nosotros, sólo a nosotros. A veces mucho, a veces nada. “Hasta que te lo permitas”, le dije, “hasta que te lo permitas”.
―Mire, la cosa es muy sencilla, necesitamos que nos responda coherentemente para que podamos dejarlos en paz, y que se curen en perfectas condiciones. Pero si no nos dice la verdad, nunca podremos descubrir que pasó, hágalo por su novia, quiere….
― ¿Por qué no hay temor más grande que perder el envase dónde funciona el alma? ―Joaquín seguía entre el delirio de amor que estaba transitando con Ella, y la presencia de los policías. ― Siempre me lo preguntaba. Recuerdo haberle escrito unos cuantos párrafos sobre ello. Las dudas, sus dudas, no son dudas si yo las ponía en el papel. Se convertían en los versos más bellos que Ella alguna vez pudiera a oír. Pero a veces era poco, a veces no le gustaban mis versos…
“Hasta que te lo permitas”.
― ¿Y se incendió toda la casa? ―
― No. Sólo el cuarto de Ella. ¿Volverán a empezar? ― Joaquín observaba como jugaba por todos los rincones de esa vieja casona, era una casa extraña, cualquiera diría que abandonada, pero allí vivía Ella. Y él lo aceptaba así. Pasaron largas noches entre luces de velas, noches de hambre y frío.
― ¿Avisaron a la familia? ― El policía comenzaba a creer que estaba internado en el lugar equivocado.
― ¿Qué familia? ¿Sabe por qué Ella tiene el ceño fruncido? ―
― No…
― Porque la poca ropa le resulta odiosa.
― ¿Es por eso que estaba vestida de lana en una noche tan calurosa?
― Claro que no. ¿No me acaba de preguntar si se había incendiado toda la casa? Hacía calor. Claro que hacía calor, sino no hubiésemos encendido su cuarto con tanta pasión.
― No creo que la pasión haya producido esas quemaduras, señor…
― Lo que para usted es fuego y agresión física, para mí era nacer de nuevo.
― ¿Estamos frente a un cuadro de psicópata con tendencia masoquista, entonces? ― Interfirió el segundo policía por primera vez.
― Usted es el inteligente del dúo, ¿no? Si Ella no continuara en la casa, y estuviera acá, tendría unas cuantas cosas que decirle a usted y a su psicología que es la única psicópata acá. Pero no, no esta. Todavía no regresa de casa. Me preocupa porque ya comienza a ser de día y no soporta estar sola de día. Quizá debería ir a buscarla, si se queda sola con la luz del sol es un peligro.
― Ella… ¡Ella esta acá, a su lado! ― El primer policía ya había perdido la paciencia por completo. No lograban sacar un testimonio coherente de todo aquel embrollo, y este muchacho era el único testigo consciente.
― Ella nunca estuvo a mi lado. ¿Por qué habría de hacerlo ahora? Intenté de todas maneras que se quedara. Rodando por el monte cuesta abajo y de forma empinada, convenciéndola de manejar a altas velocidades por la ruta tan sinuosa del este, encender las llamas en su habitación mientras la besaba y le decía al oído que esta era la única forma de que estemos juntos y seamos uno. Quizás alguno de nosotros no despertaría y esperaba que sea Ella. Ella era demasiado para este mundo, lograba hacer que hasta el más hermoso paisaje fuera insignificante, absurdo y corriente si Ella estaba cerca. Le prometí que era el final, se lo prometí. Le jure que seria, de una buena vez por todas, una constelación en el ancho cielo, y no una hormiga más en el basto imperio. Es por eso que tiene el ceño fruncido.
― ¿Por qué? ― ninguno de los dos policías comprendía ni una palabra del discurso del excéntrico Joaquín.
― Porque no fue el final. Ella sigue ahí en la casa, esperando arder por completo, ser libre, y no que su cuerpo este aquí, escuchando esto. Probablemente está enojada, porque no cumplí mi promesa, y es de día.
Es un desastre, sigue respirando, porque su cabeza se lo permite.